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Tuesday, July 19th 2011, 1:03pm

Lo nunca escrito.

Capítulo I: El canto del juglar.


¿A dónde van esos guardias de Varanas tan aprisa?
¿Acaso van a por diezmos o a los dados a jugar?
La armadura descompuesta les lleva ese caminar
Y parecen poco prestos a mostrar una sonrisa.


No van corriendo, mas huyen de algo que atrás han sufrido.
Si os fijáis las armaduras carecen de lustre fino.
¿Un ejército de kobolds hallaron por en el camino?
Alguno perdió hasta el casco y marcha despavorido.


Será mejor que marchemos de este lugar tan canalla
Del que hasta los valientes fugan al verse así desarmados
Por algo que desconozco, mas buen jaque les ha dado.
Corramos hasta Varanas. Hallemos abrigo en muralla.


No fueron kobolds, señor. Ni ejército numeroso.
Que tan solo fuera un hombre, mas con la fuerza de un oso.
Dicen que mide seis varas y su puño es poderoso.
Mas si os escuchan los nobles, veréis el fondo del foso.


 

El juglar interrumpe de golpe su troba. Pasa la gorra con prisa recogiendo unas pocas monedas que serán su jornal por hoy. Ha visto como brillan las armaduras de dos guardias que aparecen desde el fondo de la calle. Si quiere dormir en la posada y no en una mazmorra, es mejor que termine su canción por hoy y se mezcle con la multitud. Con las monedas de conseguidas podrá probar el vino de la taberna y comer algo caliente.

De camino a la posada advierte como un artesano, con la espalda encorvada tras los muchos años de oficio, pone a secar unas cuerdas. Quizá encuentre algo que le sirva para reparar su laúd.

- Sí, mirad que tengo aquí. Estas de fuera son duras de esparto. Las preparo para fines más toscos. Para acomodar posaderas en las sillas que fabrico. Mas dentro puedo mostraros auténticos sedales. Son fuertes como el metal pero finos cual encaje del escote de una princesa.

Una vez dentro de la morada del anciano, mientras el juglar escoge entre los variados cordones, el artesano pregunta:

- ¿Le vísteis?

- ¿A quién os referís?

- De sobra lo sabéis. Escuché vuestra canción.

El juglar mira alrededor. La morada es humilde. Sobre sus paredes se apoyan unos cuantos armazones de sillas sin terminar y de buen aspecto, que el anciano fabrica allí mismo. El suelo está lleno de virutas de madera que una vieja mujer, arrugada como una pasa, es incapaz de barrer del todo.

- Es mi esposa. Podéis hablar sin temor. Está sorda como una piedra del camino.

- Por los caminos de Candara, ninguna piedra es sorda. Y hasta ellas son capaces de hablar con los guardias por unas monedas o tras un par de restallidos de látigo sobre sus costillas.

- Tomad. Puedo ofreceros cualquiera de estos cordones para vuestro laúd. No es preciso que me paguéis. Pero habréis que contarme si le habéis visto.

- Aquí tenéis esta moneda. No puedo contaros más. Ya sabéis que es peligroso hablar de “él”.

- No tengáis temor de un anciano como yo. Como veis aquí no hay armas, sino pobres herramientas. Tomad asiento y un trago de vino. Quizás con eso tomaréis más confianza y podáis soltar la lengua. Además, si hubiera querido denunciaros, ya habría llamado a los guardias mientras le alababais en vuestros cánticos.

- Este vino parece bueno. Mas mi lengua puede ser aún más vivaz mientras mis dientes mastican. Quizás un trozo de ese queso que tenéis en el rincón sirva de algo.

- ¡Caras me saldrán las nuevas! Espero que lo merezcan. Un forastero de vida nómada como vos tendrá cientos de historias que contar sobre él. Avivaré la lumbre y cerraré la puerta. Empieza a oscurecer y por hoy ya he trabajado bastante. Las sillas que me han encargado no se podrán terminar mientras las cuerdas no estén prestas para ello. Y el armazón de la última está casi listo. Tomad asiento, probad el vino y afinad vuestro laúd.

- ¿No tendréis por ahí otro cordón como este? Vine a por una de las cuerdas, mas otra de ellas corre peligro de un pronto fin.

- Si las historias son buenas, obtendréis ese repuesto. Mi palabra os doy, amén del vino y el queso que de tan buena cuenta estáis dando. ¡Voto a bríos que traéis hambre!

- Y así es, a fe mía. He visto ya cuatro soles sin probar bocado apenas. Tan solo unas hierbas del camino me han servido de alimento. Mas tras probar este queso y este buen vino he recobrado el aliento y vuestra historia tendréis.

Terminó el juglar de afinar su laúd. La cuerda reparada resultó dar unos acordes claros y finos. Tras un par de compases de prueba, comenzó con su canción. Mientras, la sorda esposa del artesano arrugaba más aún la cara bien por observar la prestanza de su queso y su vino en la garganta del trobador, bien tratando de escuchar algún acorde del mismo.

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Friday, July 22nd 2011, 8:16pm

Capítulo II: Preguntas indiscretas


 


- Y ahora a dormir. La Luna salió hace tiempo, y el Sol ya nos abandonó.

- Pero, madre, no tengo sueño.

- Tienes que dormir y soñar con la Madre Tierra.

- Pero, ¿por qué tengo que dormir, si aún no tengo sueño?

- Porque es un mandato del Santo Rey. Todos los elfos pequeños deben ir a dormir. Y tú no quieres contradecir al Santo Rey, ¿verdad?

- No, madre. Pero, ¿por qué debemos ir a dormir los elfos pequeños?

- Para crecer sanos y fuertes. Así os convertiréis en grandes elfos que servirán a la Madre Tierra y al Santo Rey.

- Madre: ¿El Santo Rey siempre ha sido el Santo Rey?

- Tú lo que quieres es liarme para que te cuente un cuento. ¿Quieres que te cuente la historia del Santo Rey y de nuestro pueblo?

- Sí, madre, por favor.

- Pero en cuanto termine, ¿dormirás?

- Sí, madre. Lo prometo.

- Hace mil años, el pueblo de los elfos estaba gobernado por dos reyes. Sus nombres eran Antaikolon e Isnasil.

- ¿Ahí nació la maldición de los elfos?

- Así es. “Dos reyes, luz y sombra, en la vida y en la lucha”. Pero Antaikolon se hizo con el poder de Arcoluz, la espada sagrada, y con él expulsó a Isnasil.

- ¿Por qué? ¿Porque Isnasil era malo?

- No, hijo mío.

- Entonces, ¿el malo era Antaikolon?

- Los Santos Reyes no son malos nunca. Ni tan siquiera existen los elfos malos. Alguno es… revoltoso. Pero malo no.

- ¿Cómo Labio?

- Labio es un poco revoltoso, sí. Pero tiene buen corazón. Su alma está en perpetua conexión con la Madre Tierra.

- Pero murió una flor con su pócima.

- Así es. Y por ello obtuvo su castigo. Aunque su acción fue destructiva, no era esa su intención.

- Pero la Madre Tierra llora cuando muere una flor.

- ¿Quieres que siga con la historia o no?

- Sí, madre, proseguid si sois tan amable.

- El caso es que, mucho tiempo despues, gobernó a los elfos el Santo Rey Palun‘aik, quien tuvo dos hijos gemelos: Kantailon y Yabis’an.

- Y, ¿qué pasó después?

- El Santo Rey Palun’aik, para evitar problemas como en el pasado, se vio forzado a tomar una grave decisión. Tenía que conseguir que la maldición de los gemelos elfos no se repitiera. Por ello expulsó a Kentailoin de la Isla de los Elfos. Así no habría problemas y Yabis’an sería proclamado el nuevo Santo Rey.

- ¿Y como sabía que debía expulsar a Kentailoin en vez de a Yabis’an, madre?

- Porque los Santos Reyes nunca se equivocan.

- ¿Entonces Kentailoin no puede vivir en la Isla de los Elfos?

- Así es. Vive escondido en Candara. Evitando así que haya conflictos entre los elfos. Porque, aunque no sea Santo Rey, desciende de su linaje. Y su conexión con la Madre Tierra es tan alta, que sabe sacrificarse por la paz entre los elfos.

- Entonces, si debe sacrificarse por la paz entre los elfos, ¿significa eso que puede haber guerras entre elfos? ¿Habría elfos buenos y malos? ¿Matarían los elfos buenos a los malos? Si un elfo bueno mata a uno malo, ¿lloraría la Madre Tierra? ¿Y si…

- ¡Para, para, para! Ya está bien por hoy. Es tarde y debes dormir. Los elfos no se matan entre sí. Eso son cosas de humanos y otras bestias horrendas. Duerme, descansa. Sueña con la Madre Tierra. Prometiste dormir.

- Sí, madre. Cumpliré mi promesa. Que Campanilla os guarde, madre.

- Que Campanilla te guarde a ti también, hijo mío.
* * *


Que Campanilla te guarde.


* * *

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Tuesday, July 26th 2011, 10:53am

Capítulo III: Duele


 

¡Duele! Y no sabe exactamente qué duele más. Las manos, las piernas, el costado derecho, la cabeza… Quizás el premio se lo lleve la rotura de la nariz que aún sangra a veces. Pero aún duelen más las heridas abiertas de los latigazos en la espalda.

Intenta olvidar el dolor con pensamientos agradables. Recuerdos de aquella tarde en que la conoció en el campamento de Heffner mientras él tocaba su laúd para esos borrachos, más piratas que marineros, y ella les servía aún más ron. Nadie es capaz de contar tanto como para saber las veces que cruzaron sus miradas.

¡Duele! El solo hecho de respirar duele. Un par de costillas rotas le impiden respirar como Dios manda. Tan solo aspira un poco de aire que no llega a inflar sus pulmones. Pero la verdad es que tampoco se atreve a soltarlo, porque también duele.

Ella le sonreía mientras el viejo tabernero la gritaba intentando que se diera más prisa en servir ron.

¡Duele! Y es que nadie es capaz de saber lo que duele ese ojo izquierdo que resulta imposible abrir. ¡Vive Dios que esos verdugos saben acertar sus golpes! No tiene claro si volverá a ver algo por ahí, aunque tampoco es que haya mucho que ver en este momento. Y es que no hay luz en las profundas mazmorras de la Fortaleza Obsidiana. Solo humedad… y dolor.

Tras cerrar la posada, ella acertó a huir de allí. Y sus manos se tocaron al fin. Volvieron ocultos entre las sombras al mismo lugar de la noche anterior. Pasearon por la orilla cogidos de la mano observando el reflejo de la Luna sobre una mar en calma. La brisa llevaba fragancias que embaucaban aún más a los amantes.

Trata de recordar el sentir de aquella mano acariciando una larga cabellera. Dibujando con un roce sus mejillas y su nuca mientras pegaban los labios apreciando el sabor de la boca ajena.

Tras besarse un largo rato, caminaron por la playa. La arena acariciaba las plantas de sus pies mientras las olas del mar mojaban los tobillos. Las ojas de las palmeras les saludaban durante su caminar.

Solo una pequeña barca de remos se avistaba a lo lejos entrando a la ensenada que hacía de puerto natural, en el que se hacían recortar las siluetas de los mástiles desnudos. La luna iluminaba el bote con cinco sombras en su interior ignorantes de pertenecer al paisaje de los amantes.

¡Duele! Y es que escuchar los pasos del verdugo bajando las escaleras hacía presagiar lo peor. Quizás esta vez fuera una de tantas que venía a por otro de los prisioneros de las celdas adyacentes. Se sorprendió a si mismo rezando por que así fuera. Deseaba con tanta fuerza no ser de nuevo arrastrado por las escaleras que no le importaba que otro ocupara su lugar en el potro de tortura.

Pero esta vez no hubo suerte. El desagradable sonido de la gruesa llave en la puerta de su celda así lo delataba. Casi no tenía fuerzas para pedir clemencia. Al fin y al cabo solo era un juglar. No sabía nada de aquél por quien preguntaban. Ni tan siquiera el verso era suyo. Tan solo recopilaba de aquí y de allí. La mitad de las cosas que contaba estaban exageradas para así conseguir un par de monedas más. Daba igual lo que respondiera, siempre sentía el cuero del látigo sobre sus ya heridas espaldas.

¿Acaso no fue bastante el interrogatorio en Varanas? Cuando entró en la sala de Teresa, la oficial del Estado Mayor de la Guardia de Varanas, respondió todo lo que sabía. Incluso le permitieron sentarse en una de las sillas. Todo encajó cuando vio aquellas sillas.

No cabía duda. el viejo artesano le había denunciado. El encargo que debía entregar era obviamente para la oficial Teresa. Seguro que por unas monedas más lo contó todo. Las monedas bien pagarían el queso, el vino y las cuerdas del laúd.

Dolía el látigo en la espalda, pero no dolía menos el engaño del artesano. ¡Cara le salió aquella cena y la reparación del laúd!

Su laúd. ¡Su fiel laúd! Aquél con el que lo mismo conseguía sustento, como las bondades de alguna moza. Aquél laúd con el que entonaba una canción de amor, sin más testigo que la luna reflejada en un mar que traía dulces fragancias en sus brisas, con un bote de remos que se dirigía a la entrada de la ensenada, mientras las ojas de las palmeras saludaban a los amantes…
* * *


Que Campanilla te guarde.


* * *

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Tuesday, July 26th 2011, 11:11am

[LEFT]Me ha encantado, esperaré impaciente la siguiente entrega,espero que sea pronto, y que campanilla te guarde :yay:[/LEFT]

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